Añoranza - Capítulo 16

 

Amanecía en el tercer día de viaje a bordo del barco. El sol comenzaba a asomarse, aparentando emerger directamente desde las tranquilas aguas del mar. Esa tranquilidad del paisaje resultaba reconfortante  teniendo en cuenta la ajetreada noche anterior.  Más y más pacientes con síntomas de cólera continuaron llegando de forma ininterrumpida a lo largo de toda la noche. Algunos de los primeros pacientes en desarrollar la enfermedad se encontraban mejor, en gran medida porque habían logrado recibir los medicamentos en las cantidades necesarias y una atención médica de calidad.

Sin embargo, conforme fue aumentando el número de pacientes, las dosis de medicamentos proporcionadas a los enfermos llegaban a ellos cada vez más diluidas y la atención médica dejaba mucho que desear. A pesar de que tanto el doctor Robbinson como la enfermara Queen hacían esfuerzos casi sobrehumanos por atenderlos a todos de la mejor manera, era imposible dividirse para atender a tantos enfermos al mismo tiempo.

Existían dos factores que aumentaban la tensión durante la epidemia. El primero era que a pesar de que la cantidad de personas contagiadas era elevada, aún era muy temprano para descartar la posibilidad de que más pacientes se hubiesen contagiado, el desarrollo de la sintomatología variaba de un paciente a otro. El segundo de ellos, quizá el más estresante, era que la histeria se había hecho presente en muchos de los viajeros sanos, quienes llegaban a la enfermería presentando únicamente síntomas psicosomáticos, pero que aseguraban, los tenían al borde de la muerte. Aunque era una situación perfectamente comprensible en dichas circunstancias, aun así no dejaba de desesperar al Doctor Robbinson el hecho de desperdiciar parte de su valioso tiempo en atender a personas cuya enfermedad solo se hallaba en su mente.

En conclusión, todos los involucrados en controlar la epidemia habían pasado una noche de pesadilla. Todos menos Candy. A pesar del cansancio, el estrés y de prácticamente no haber dormido nada en toda la noche, se encontraba mucho más tranquila de lo que podía recordar en las últimas semanas y eso la hacía sentir un tanto culpable. Se atormentaba pensando que había hallado el alivio al observar el sufrimiento de otras personas y darse cuenta de que existían problemas mucho más graves que los suyos. El motivo real era mucho más simple, manteniéndose ocupada, era capaz de vaciar su mente, olvidarse, aunque sea por un momento, de su desgracia, además de sentirse útil e indispensable para otras personas.

Iba de un lado a otro llevando medicamentos, agua, bebidas hidratantes, enseres médicos, etc. Pero sobre todo procuraba tranquilizar y animar a los pacientes, distrayéndolos haciendo que estos le compartieran cuáles eran sus motivos y situación en el momento de haber emprendido dicho viaje, y asegurándoles que muy pronto estarían con sus seres queridos, y que toda esa locura sería una gran anécdota que compartir con ellos. Aunque en varias de estas charlas casuales, algún detalle la hacía recordar a Terry, por ejemplo, al conversar con Whitney y su esposo Samuel.

Whitney fue una de las primeras afortunadas en ser dada de alta, rápida atención y su fuerza de voluntad la hicieron recuperar la salud a las pocas horas; aunque Samuel no había corrido con la misma suerte y continuaba convaleciente. Resulta que ese joven matrimonio apenas llevaba poco más de un mes casados, probablemente cerca de la fecha en la que ella y Terry también se habían jurado matrimonio. Whitney era Inglesa y Samuel americano, y él en un gesto de complacencia y generosidad hacia su prometida, había aceptado llevar a cabo el enlace matrimonial en Inglaterra, para que toda la familia de Whitney estuviera presente, aunque esto había causado ciertos celos y disgusto en la familia de él. Ahora viajaban a América para que ella conociera formalmente a sus parientes políticos.

-Cuando abordamos el barco, mi mayor preocupación era pensar si les agradaría a la familia de Samuel- le confió Whitney a Candy- pero ahora lo que en verdad deseo es que él se recupere. A veces sueles preocuparte por tonterías que consideras imposibles de sobrellevar perdiendo de vista las cosas realmente valiosas, como  la vida y vivirla junto a las personas que amas.

-No llores cariño- Le decía su esposo haciendo un esfuerzo por alcanzarle la mano- yo estaré bien. Lo único que me aflige es que tengas que pasar tu luna de miel de esta forma tan desagradable, me apena que me veas en este terrible estado.

-¿Pero mi amor que cosas dices? Soy tu esposa ¿lo recuerdas? Juré amarte en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso. Por siempre.

La misma promesa de amor, pronunciada tal vez el mismo día, por dos jóvenes igual de enamoradas, pero cuyas realidades a estas alturas distaban demasiado la una de la otra.

Había otro matrimonio a bordo del barco que llamaba particularmente la atención de Candy. Los Remintong. Bruce y Doris Remintong, una pareja mayor que llevaban sesenta y tres años de casados, pero que admirablemente, seguían tratándose como un par de jóvenes enamorados. Tenían siete hijos, veintitrés nietos, sesenta y dos bisnietos y viajaban a América con el fin de conocer a su cuarto tataranieto. Por desgracia, Doris era una más de las pacientes durante esa epidemia.

-Me duele tanto verla así. – Se lamentaba Bruce Remintong - Daría lo que fuera por ser yo el que estuviera en su lugar

-No diga eso Sr. Remingtong. Es una suerte que usted no haya enfermado también, ¿sino quién me ayudaría a cuidar a Doris?

-Sería imposible que yo me enfermara dulzura.  A veces pienso que soy demasiado viejo hasta para morir. No puedo casi caminar, mucho menos correr, así que no veo como pudiera sufrir un accidente, aunque mis hijos piensen y se preocupen por esa posibilidad. He perdido casi todos mis dientes, la comida que puedo saborear es muy poca, pronto tendrán que volver a alimentarme como si fuera un recién nacido, por tal motivo no pude probar mucho de la cena de bienvenida y no me contagié. Pero mi pobre Doris, ella sigue tan radiante y lozana como cuando me enamoré de ella. A pesar de haber sacado adelante a una numerosa familia, de haber trabajado hombro a hombro conmigo para formar nuestro patrimonio, parece que sus energías nunca se acaban. Siempre encuentra algo que hacer. Recorre toda la casa cantando, disfrutando de cada día, de cada rayo de sol, de cada instante.

-Eres un viejo romántico irremediable.

-¡Doris, cariño! Te he despertado, soy un idiota lo lamento.

-Tenía que despertar. No podía permitir que siguieras aburriendo a esta linda señorita con tus historias viejas y fantasiosas, discúlpalo querida, es un sentimental.

-No diga eso. –Candy sonreía- Por supuesto que no me molesta, me encanta la forma en que el señor Remintong se expresa de usted, con tanto amor.-Bruce Remintong comenzó a acariciar la plateada cabellera de su amada-  Me hace admirarlos mucho.

 - Doris, mi tierna Doris. Me siento un completo inútil, antes podía protegerte, pero ahora…

-Shh calla cariño, no digas eso. Con que estés a mi lado es suficiente. Pero si quieres hacer algo por mí, entonces me atreveré a pedirte un favor. Quisiera arreglarme, me siento desaliñada, sucia; y estas fachas hacen que me sienta todavía más enferma.

-Para mí luces hermosa, mi cielo, como el día en que te conocí.

-Eres un mentiroso, pero te lo agradezco ¿Podrías traerme un camisón limpio y algunos de mis cosméticos? Te aseguro que eso me hará sentir mucho mejor.

-Iré por ellos en este precioso momento querida. Candy, por favor, te encargo mucho a Doris en mi ausencia.

-No se preocupe Sr. Remintong.

En el momento en que Bruce Remingong abandonó la atiborrada enfermería, Doris se dirigió a Candy.

-Mi dulce niña, ahora que Bruce se fue quiero pedirte a ti otro favor.

-Dígame señora Remingtong, ¿qué puedo hacer por usted?

-Candy, quiero pedirte, suplicarte que no me des más medicamento.

-¡Pero Señora Remintong!

-Tranquila pequeña. Yo sé que no quieren decir nada por no alertar a los demás pasajeros, pero es obvio que somos tantos que el medicamento ha empezado a escasear y no voy a permitir que lo desperdicien en una vieja como yo.

-Señora Remintong…

-Por favor, llámame Doris.

-Está bien. Doris yo no puedo hacer eso, y tiene razón no voy a mentirle, son muchos enfermos y muy poco medicamento, si esto sigue así, dentro de unas horas no sé qué es lo que vamos a darle a los pacientes. Pero mientras eso pase usted deberá de seguir tomando sus medicamentos, no puedo dejar de suministrárselo, sería muy peligroso.

-Candy, ¿ves a ese pequeño de allá? ¿El que está tan asustado?

Doris señalaba a un niño de escasos seis años que también se encontraba enfermo. El pequeño estaba sentado sobre las piernas de su madre aferrándose con una mano al brazo de ella y con la otra sostenía un balde que ocupaba para vomitar. Con cada intenso cólico el pequeño se encorvaba en un intento por disminuir el dolor y con cada arcada inclinaba el rostro en el balde hasta que su cabeza desaparecía por completo mientras devolvía el contenido entero de su estómago. Una vez que la crisis pasaba, el pequeño giraba el rostro cubierto de lágrimas con dirección a su madre, quien con ternura le limpiaba la cara mientras repetía una y otra vez “Tranquilo cariño, pronto estarás bien”

-Ese pequeño me recuerda a mi bisnieto Henry. Tiene su misma edad y el mismo cabello rebelde. Candy, cuando en el futuro tengas hijos, y posteriormente nietos, podrás atestiguar que no existe nada más triste y desesperante que verlos sufrir. Con cada fiebre, con cada malestar, anhelas tanto cambiar con ellos de lugar y ser tu misma la que sufra dicha enfermedad. Sé perfectamente lo que la madre de ese chico está sufriendo y aun así  debe de mantener la calma y aparentar fortaleza frente a él, aunque estoy segura que si pudiera, acapararía todas las dosis medicinales para dárselas exclusivamente a su hijo hasta que éste mejorara. Lo sé porque yo haría lo mismo.

Si fuera mi adorado Henry el que estuviera en este predicamento, me llenaría de rabia saber que el escaso medicamento fuera desperdiciado en una anciana mezquina que ya ha vivido demasiados años en este mundo ¿Me entiendes? Así que por favor, te pido encarecidamente que no me suministres más mi medicamento, que ambas sabemos, no es en la dosis adecuada, y que en cambio, se lo agregues a la dosis de ese pequeño asegurando así su recuperación.

-Doris…eso es un gesto muy amable de su parte, pero no puedo permitir que ponga su vida en riesgo por salvar la de ese niño.

-Yo he tenido una vida plena Candy. Muy plena y llena de amor, en cambio ese pequeño apenas está comenzando, sería una injusticia de mi parte.

-Pero…

-¡Por favor! Te lo pido, y algo más, no le comentes a Bruce.

Antes que Candy pudiera replicar nuevamente en ese debate, un fuerte escándalo proveniente del pasillo desvió su atención. El Doctor Robbinson discutía acaloradamente con el capitán del barco.

-¡Usted es el capitán del barco es su obligación hacer algo!

-Tiene razón, soy el capitán mas no soy Dios y le recuerdo que usted tampoco.

Los gritos de ambos hombres llegaban claramente al interior de la enfermería, la tensión estaba haciendo estragos en el Doctor Robbinson y Candy decidió intervenir antes de que el médico pudiera decir alguna indiscreción que intranquilizara aún más a los enfermos.

-Doris tengo que salir, pero en un momento estoy de nueva cuenta con usted y espero que para entonces haya desistido de esa idea tan descabellada.

-¡No puede hacer como si no pasara nada Capitán!

-Doctor le aseguro que estoy haciendo todo lo que está en mis manos para ayudarlos pero no puedo hacer nada más. Ésta embarcación es vieja, estamos navegando casi al límite pero no podemos ir más rápido; si forzamos las máquinas corremos el riesgo de quedarnos varados y entonces sí tendríamos un grave problema.

-¡Entonces regresemos a Inglaterra!

-¡Por el amor de Dios doctor sea sensato! Estamos practicamente a la mitad del trayecto, no se trata simplemente de dar la vuelta al barco y regresar. Debemos de trazar rutas, comunicarnos con el puerto, ver si hay un muelle disponible el barco que nos remolque. Créame tardaríamos más en regresar a Londres que en llegar a América.

-Pero…

-Por favor, señores. –Candy decidió intervenir- ¿No podrían tener esta discusión en privado? Doctor si lo pacientes escuchan esto podrían alterarse más.

-Es lo que he intentado hacer señorita, pero parece que nuestro amigo el galeno ha perdido la cordura- dijo el capitán en tono de reproche.

-¡Candy es que ninguno de ustedes entiende! ¡Ya no hay medicamentos y se está acabando el agua! Si no hacemos algo pronto… lo único que llegará a América será un barco lleno de cadáveres.

 Capítulo 15 - Capítulo 17

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