Stravaganza - Capítulo 19

 Sin esperar respuesta avanzó con pasos acelerados hasta ella tomándole la mano donde Candy sostenía la foto, su agarre era demasiado fuerte, le provocaba dolor. – Pensé...- se esforzaba por mantenerse tranquilo, pero esa era una tarea demasiado difícil ante dicha situación -pensé que me había desecho de esto hace mucho tiempo.

Volvió la foto mil pedazos. Se notaba la rabia y el dolor en cada gesto.

– ¡Terry, no!

– ¡Ni una palabra de esto! ¿Escuchaste? – La tomó de los hombros y la llevó contra la pared, sus ojos reflejaban la locura que invadía su ser – Nunca se te ocurra ¡ni por error! Comentarle lo que decía esa foto a NADIE. Mucho menos al imbécil de Anthony Brown, porque si lo haces, le diré a él y a todo el maldito colegio que estuve en tu habitación y no me limitaré en dar detalles, reales o ficticios.

–¡Ahórrate tus amenazas!– Se liberó de sus brazos– a diferencia de ti, yo nunca sería capaz de divulgar un secreto solo por hacerle daño a alguien más, mucho menos, cuando se trata de un secreto que es evidente que te afecta demasiado.

Me equivoqué, -agregó en el marco de la puerta - la genética es muy fuerte, tienes sus mismos ojos.

No esperó a escuchar si Terry tenía algo que refutar, aunque dudaba que se encontrara en condiciones para hacerlo. Emprendió la huida rogando no perderse en aquel gigantesco lugar, odiaría tener que pedirle ayuda a Terry después de su actitud tan grosera, tan agresiva y... tan humana. En parte se sentía culpable, aunque sabía que todo había sido una casualidad, por haber descubierto su secreto, por haber escarbado en su pasado, y en sus dolores. Era mejor no pensar. ¡Sí, al fin, la puerta principal! "Lo logré", se felicitó, pero al descender de las escaleras que daban al jardín, de nueva cuenta se sintió desconcertada.

Un alto y fornido chófer la esperaba solícito sosteniendo la puerta del pasajero del lujoso auto de la familia Grandchester, parecía estarla esperando, pero, ¿cómo era eso posible?

-Buenas tardes, señorita. – Comentó el chofer tratando de desvanecer las dudas que reflejaban el rostro de Candy-.El joven Terrence me ha informado que no se encuentra en condiciones de acompañarla de vuelta a la institución educativa en la que ambos estudian, pero que le interesa que usted llegue cómoda y segura, y sobre todo, a tiempo al colegio. Así que me ha ordenado que sea yo quien me encargue de llevarla, asegurándome de que nada le falte. Si me permite – y volvió a señalar el interior del asiento.

-Caminaré, muchas gracias.

-¿Perdón?

-Dígale al, joven Terrence, que no tiene que preocuparse por mí y que además no me siento cómoda viajando en el automóvil de su distinguida familia. Le agradezco, pero repito, caminaré.

-Por favor, señorita- el chófer se atravesó impidiendo que ella avanzara – no tiene idea del problema en que me metería si me atrevo a desobedecer una orden del joven Terrence.

-¿Problemas? ¿Se refiere a que le teme a las represalias de Terry?

-No, estoy seguro que el joven Terrence comprendería. Le temo a la reacción del Duque, él y su hijo podrán tener sus diferencias, pero el Duque siempre ha sido muy enfático en nunca desautorizar las órdenes de su heredero, disculpe usted, la angustia me está haciendo hablar más de lo debido, le ruego olvide ese último comentario y acepte que yo la lleve.

El hombre lucía genuinamente preocupado, ¿por qué ocasionarle problemas a alguien que solo estaba haciendo su trabajo? Además, en algo le otorgaba la razón a Terry, si regresaba caminando al colegio, demoraría demasiado y ese sería su primer y último domingo libre.

Pensó en tratar de entablar plática con él, tal vez la "angustia" siguiera haciéndolo hablar de más. Deseaba conocer más de la "familia" de Terry, si podía llamársele de esa manera, pero el chofer no volvió a mostrar señal alguna de interacción social. Se limitaba a ir sentado en una postura firme y el cuello muy tenso, con las manos fuertes colocadas a las tres y a las nueve del volante, atento al cambio de velocidades y a mirar hacia ambos lados antes de cruzar alguna intersección. Ni una sola palabra.

-¿Puede dejarme en la siguiente esquina? – La pregunta lo tomó por sorpresa, pero ni siquiera eso lo hizo cambiar su pose extremadamente recta.

-Aún faltan un par de cuadras para llegar a su escuela, señorita.

-Lo sé. Pero no quiero que nadie me vea llegar en el automóvil con la insignia de la familia Grandchester.

-Señorita, mis órdenes son...

- Usted me pidió acceder a venir en este automóvil para evitarle un serio problema, podrá entender mi situación. Si alguien me ve llegar en estas condiciones, eso me acarrearía muchos, muchos problemas a mí. Esperaba que usted pudiera regresarme el favor. Además, le prometo que ni Terrence, ni mucho menos el Duque, se enterarán, nunca, ante ellos usted cumplió las órdenes al pie de la letra.

Paró el auto, bajó de él, caminó hasta la puerta del pasajero, la abrió y extendió la mano para ayudarla a descender.

-Gracias.

-Ha sido un honor señorita. Y quedo a sus órdenes el día que necesite volver al castillo. Puedo esperarla aquí, tres cuadras antes del colegio y quedará entre nosotros.

-Se lo agradezco – le sonrió- pero no creo volver al castillo Grandchester nunca más.

-Es una pena, no suele vérsele al joven Terrence así de alegre.

"No suele vérsele al joven Terrence así de alegre". Las palabras de aquel solícito chofer seguían presentes en su cabeza mientras recorría el escaso trayecto hasta el colegio, pateando distraídamente una pequeña piedra. Era cierto. Este día Terry había estado particularmente alegre, relajado, sonriente, sin la necesidad de estar a la defensiva. Pero al final había terminado hecho una furia, y aquel maravilloso día, aquel libro, y aquella esplendida sonrisa que le dedicó cuando le entregó el libro que sin duda era su mayor tesoro, ahora solo vivirían en el recuerdo, ya que estaba segura, Terry nunca le volvería a dirigir la palabra.

-Tal vez – expresó para sí misma – tal vez así sea mejor, para él, para todos. Aunque duela demasiado.

-¡Hola! – Anthony la esperaba en la puerta principal del colegio, ¿desde cuándo estaría haciendo guardia ahí? - ¿Cómo te fue?

-Bien – sabía que no sonaba nada convincente, pero, ¿qué más decirle?

-¿A dónde fuiste? – Anthony deseaba conocer la verdad, y ella decidió que se la diría, por lo menos una parte.

- Ayudé en el orfanato del centro.

-¿Ayudaste en un orfanato en tu día libre?

-¿Qué tiene de extraordinario? Extrañaba mi hogar, me refiero al real, el hogar de Pony. ¿Y tú? – Era mejor cambiar de tema antes de que decidiera seguir indagando - ¿qué dice el médico?

-Lo mismo de siempre- su tono de voz denotaba fastidio – que puede que no tenga nada, o que mis días de vidas estén contados.

-¡Anthony! No digas eso ni de broma.

-No lo digo yo, Candy, lo dice el médico. En fin, las revisiones continuarán y en un par de meses nuevos estudios. No me quejaré, tal vez ese sea mi destino, visitar hospitales por el resto de mi vida, sea larga o corta.

Esa noche no pudo conciliar el sueño, por lo menos no un sueño como tal. Saltaba de una pesadilla a otra. Ella corría, por un enorme laberinto de piedra extremadamente fría. No estaba segura si lo que en realidad buscaba era la salida, o al niño que lloraba. Ese llanto tan vacío y desgarrador que rebotaba de una pared a otra de ese horrendo laberinto. Había un monstruo, no podía verlo pero estaba muy segura de que ahí habitaba un monstruo, que se alimentaba del alma atormentada de aquel pequeño niño.

Cuando abrió los ojos, el libro de Terry estaba sobre su escritorio.

La semana transcurría lenta y asfixiante, entre montañas de deberes académicos y ayudar a la hermana Gray, se desvanecía la mayor parte de su tiempo. Por las tardes veía a Anthony, las cosas entre ellos estaban bien, estables y en armonía. Algunas noches Patty y Annie se escapaban para visitarla en su habitación, entre charlas y risas el tiempo se iba volando, pero al escuchar que las hermanas realizaban el primer rondín de la noche, salían disparadas a sus respectivas habitaciones para evitar una sanción. Con tantas actividades día tras día, ni siquiera le quedaba tiempo para pensar, o extrañar.

Pero al quedarse sola, en el silencio sepulcral de su habitación, su mirada siempre terminaba en la habitación que quedaba frente a la suya, la que estaba marcada con el número 101, cuya luz permanecía encendida por mucho, mucho tiempo.

Terry... aunque le apenaba reconocerlo, lo extrañaba. Extrañaba sus bromas mordaces, su actitud desenfadada, pero sobre todo extrañaba, ¡no! Deseaba volver a ver esa sonrisa, la real, la secreta, la que solo ella conocía porque él se la había obsequiado con total honestidad en la intimidad de su alcoba. No había tenido noticias suyas en toda la semana, incluso llegó a preguntarle a Anthony por él ya que no se le ocurría otro medio por el cuál enterarse.

-¿Por qué me preguntas por Terrence? – de inmediato se puso a la defensiva.

-Por nada en especial – elevó los hombros tratando de restarle importancia a la duda que le estaba carcomiendo el alma – es solo que esta semana no me has contado que te haya fastidiado en absoluto. Pensé que no estaba en la escuela.

-Sí, sí está aquí. Aunque tienes razón, en toda la semana no me ha fastidiado con las estupideces de siempre, ahora que lo pienso, no ha fastidiado a nadie. Está un tanto, "ausente". Solo deambula de un lado a otro de la escuela como un muerto viviente. Tal vez tanto alcohol terminó por trastornarle el cerebro.

Aunque, Neal hizo una observación un tanto curiosa. Grandchester lleva atado a su muñeca derecha un listón rosa, extraño brazalete para un sujeto como él. Pero Neal jura que ese listón es el mismo que tú utilizabas para amarrar tu cabello. ¿Dónde están tus listones, Candy?

-Lo perdí – mintió- cuando trepé al árbol que custodia la Dulce Candy.

Sabía que a Anthony no le había convencido aquella historia en absoluto, pero se mostraba tranquilo ya que Terry hacía mucho había dejado de rondar a Candy. "Puedes estar tranquilo, Anthony", pensaba Candy para sus adentros, "después de lo que descubrí, te aseguro que Terry no volverá a dirigirme la palabra, y dudo mucho que siquiera desee volver a verme".

El domingo llegó y como todos los domingos, los alumnos rezaban presurosos para que la misa se acabara lo más pronto posible y así poder disfrutar su único día libre. Terry no estaba ahí, no era extraño, no acostumbraba asistir a misa. La rutina se repitió: Anthony iría a casa de los Leagan y ella a ayudar en el orfanato. Tenía la vaga esperanza, de que Terry apareciera ahí.

No apareció, y Candy no fue la única en sentirse decepcionada. La pequeña que la semana anterior había quedado prendada de la fina estampa de Terry, no dejaba de buscarlo con la mirada. Candy la entendía, ella hacía lo mismo en los jardines del San Pablo.

Otra terrible semana pasó con mucha velocidad. Terry seguía sin dar señales de vida. Al llegar el viernes, una terrible sorpresa le aguardaba.

Cerró y volvió a abrir los ojos en repetidas ocasiones, con la inútil esperanza de que el horror que tenía frente a sus ojos desapareciera. No funcionó, todo seguía igual. En la última clase del día la hermana Gray había aparecido llevando consigo el concentrado de sus calificaciones de ese bimestre. Candy había reprobado todas las materias, excepto la que impartía la hermana Margaret.

-Mañana temprano en mi oficina – ordenó la directora.

-Ahí estaré hermana Gray.

Candy recordaba la advertencia que lanzara la directora. Las calificaciones que obtuviera en este periodo, se le duplicarían al periodo que ella había estado ausente debido a la convalecencia de Anthony, lo que significaba que en un tiempo record había acumulado dos periodos reprobados. El jardín central bullía, todos los alumnos comparaban sus calificaciones con los de los demás. En cualquier momento Annie, Patty, Stear, Archie e incluso Anthony aparecerían y todos la cuestionarían sobre el mismo tema: calificaciones. Se sentía tan avergonzada y no creía ser capaz de soportar dichos cuestionamientos, así que subió corriendo a su habitación por las Obras Selectas de William Shakespeare y huyó con destino a la segundo colina de Pony para evadir su horrible realidad en aquellas apasionantes historias.

Terry tenía razón, existen de historias a historias, y estas no tenían el efecto somnífero de otros libros, todo lo contrario. La había sorprendido la madrugada en repetidas ocasiones orillada por el deseo de leer "solo un capítulo más". Casi lo terminaba, y aquello representaba un enorme logro para ella, aunque no podía evitar esa sensación de pérdida, como si se tratase de despedir a un buen amigo, cuando se acerca el final de un excelente libro.

Leía a Otelo y sus infernales celos. Celaba más por lo que imaginaba que por lo que realmente ocurría. ¿Aquello era amor? Se preguntaba, ¿amor obsesivo? ¿Falta de seguridad, de confianza, de...?

-Hola – su voz la asustó. Estaba tan concentrada en su lectura que no se percató de su llegada hasta que estuvo de pie a espaldas suyo.

-Anthony, me asustaste.

-Pensé que te vería en el patio central.

-Lo sé, pero no me sentía con fuerzas de hacerlo. No me fue nada bien este periodo, a decir verdad, mis calificaciones son un espanto.

-Ya te recuperarás, no te preocupes. ¿Qué lees? – Se sentó a su lado – te veías muy concentrada.

-Nada importante, es solo un libro.

-Cualquiera pensaría que las Obras selectas de William Shakepeare son más que "solo un libro". Aunque no recuerdo haberlo visto en la biblioteca de la escuela.

-Debe ser el único ejemplar, y yo lo tengo, por eso es que nunca lo has visto.

-Entiendo – guardó silencio por un par de segundos. Su mirada la asustaba, pero lo que hizo a continuación la aterrorizó. Le arrebató el libro de las manos sin hacer caso a sus objeciones – "propiedad de "Terrence Grandchester". – Aquel nombre lo pronunció con odio-. ¡Pero qué idiota he sido! Ustedes dos se siguen viendo a mis espaldas.

-¿Anthony de qué estás hablando? Terry solo me prestó el libro, no significa nada más.

-¿Entonces por qué me mentiste?

-Porque sabía que te enojarías, justo como está pasando ahora.

-Eres una mentirosa.

Menuda forma de terminar la semana. Ahora Anthony se marchaba furioso sin hacer caso a sus suplicas por hablar y arreglar las cosas.

-¿Sabes lo que esto significa, verdad?

-Sí hermana Gray – una visita a la oficina de la directora no era la forma más linda de empezar su sábado, pero sabía que aquella entrevista sería crucial- que tengo dos periodos reprobados. Pero por favor hermana Gray, deme otra oportunidad.

-Necesitas más que una oportunidad, Candice. Si repruebas otro periodo, perderás el año escolar. - ¿Y decepcionar al abuelo Wiiliams? ¡Jamás! – Solo encuentro una opción.

-Lo que sea, hermana Gray. ¡Le juro que pondré todos de mi parte para aprobar las materias!

-No debes de prometérmelo a mí, Candy, sino a ti misma. La hermana Circe imparte clases de regularización para alumnos con tus problemas. El único inconveniente, sería el horario, ya que eso no te exime de tus demás obligaciones en tus clases y conmigo.

-No me importa si es a media noche, ahí estaré. Gracias, por la oportunidad, hermana Gray.

-No quiero tu gratitud, quiero ver resultados. Ahora, necesito que ordenes los libros de mi biblioteca personal por orden alfabético – señaló el pequeño acceso contiguo a la oficina principal – y sacudirle el polvo de una buena vez – un violento golpeteo en la puerta las interrumpió- ¿Quién se atreve a tocar de esa manera?

-Yo iré, hermana Gray – pero al abrir la puerta quedó petrificada, la pintura que colgaba en el recibidor principal del castillo había cobrado vida. El Duque Richard Grandchester se encontraba frente a ella y su mirada era por lo menos veinte veces más intimidante que en el retrato. 

Capítulo 18 - Capítulo 20

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